Me contaba alguien a quien acabo de incorporar a mi grupo de amigos, que desde hace muchos años iba a trabajar al banco que lo tenía contratado, trajeado y con su cuello rodeado por un moño. Un compañero lo alababa, a lo que él lo animaba a imitarlo. Pero parecía algo muy atrevido para el criterio de aquél.

Esta simple anécdota me despertó la inquietud respecto de qué moños rehuimos ponernos. ¿Qué “locuras” o deseos arrumbados tenemos en el cajón de las postergaciones? ¿Esperaremos que el contexto cambie, y que lo raro deje de sobresalir, que sea moda? Nos importa tanto lo que dirán o expresarán, ¿que haga tambalear o ponga en duda nuestra personalidad? 

Creemos que siempre el después puede ser un mejor tiempo para atrevernos. Pero: ¿tendremos ese mañana? ¿Vale la pena ahorrar ridiculeces? O que ese moño que no nos atrevemos a ponernos puede ser esa charla o pregunta pendiente con alguien. Ese abrazo postergado, ese brazo que nos cuesta dar a torcer

Esa actividad o instrumento musical que siempre soñaste con hacer. Mañana es nunca, es después. Se dice mucho que hay que salir de la zona de confort, o de lo conocido, de lo seguro. Pero se expresa menos que el impulso a lo desconocido suele enriquecernos, ya que adquirimos algo que no tenemos, sean personas, ideas, experiencias, hasta descubrirnos desarrollando aptitudes que no habíamos puesto a prueba antes. 

Nadie duda hoy de la necesidad de ser creativos, de aportar al mundo ideas disruptivas, que se salgan de la tendencia, que exploten la curva de acontecimientos. Crear implica generar algo no esperado, algo nuevo, un hecho o idea “raros”. Gaudí tuvo grandes resistencias en la sociedad barcelonesa con sus obras, eran raras, extrañas. Hoy la ciudad condal revienta de turistas queriendo conocer La Pedrera, Parque Güell, La Sagrada Familia, entre otras disrupciones. Tantos visitantes que ya son indeseables para los vecinos de Barcelona. Pero nadie discute del talento del genio.  Se tardaron muchos años en apreciar y entender el cubismo de la mano de Pablo Picasso. Sus obras se veían como puzzles, y aún hoy son objeto de intentos de descifrar o interpretar. El arte es provocar. La vida es desafiar la inercia de un dia detrás de otro, buscando caminos, experimentando, descubriendo. Vivir es un arte, produciendo obras irrepetibles, únicas, especiales. Nuestra vida singular, propia

La mente, guardián de nuestra supervivencia, dirige al cerebro, gran ahorrador de energía. Siempre listo para automatizar reacciones, asociar estímulos externos a lo ya conocido, y así conservar el combustible necesario para correr o pelear.  Pero como ya vimos, no somos solamente nuestra mente, hay algo más allá o por sobre ella. Nuestra esencia, nuestro ser. La unicidad entre esencia, mente, y cuerpo nos acercan al equilibrio, a la paz. 

Ese cable flojo a caminar por sobre él, en las alturas en inestable equilibrio, es la delgada senda a transitar, a experimentar. A vivir. A eso se lo llama estar vivo, a ser vivo, no “vivo”. 

 

 

 

 

 

Te propongo te preguntes qué moño aun no te pusiste. Y una vez lo encuentres, te animo a que con elegancia te lo anudes y salgas a la calle. Bien erguido.

Ya te adivino la sonrisa. 

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