Esos ojos.

He recorrido decenas de países, miles de kilómetros de la Argentina, del norte al sur, de la cordillera a la Mesopotamia y la costa atlántica. He disfrutado del viento sureño frío e invasivo siempre que he podido. Me he maravillado con los anocheceres remolones del verano patagónico. Me he deslumbrado con los cielos tridimensionales del desierto de Atacama. Estambul y su historia presente, manos que se toman entre Occidente y Oriente. Atenas y la cuna del pensamiento acerca de quiénes somos en el Partenón y el Areópago, donde Pablo, San Pablo luego, como jefe material del cristianismo a voz en cuello transmitía su fe. Egipto y su sabiduría olvidada y monumental. La realidad moderna e histórica de Israel, Palestina y sus movimientos geopolíticos y culturales, mas la vorágine de sus start ups. Pisar los mismos caminos donde Jesús enseñó sus mal replicadas enseñanzas. España y mis raíces, acompañadas por un caleidoscopio de paisajes, comidas, olores y gentes amables y de la otra. Londres, una ciudad maqueta, donde imagino transitando el trencito Marklin que veía en la juguetería 1810 de la Avenida Rivadavia, barrio de Caballito. La inmensidad de Manhattan, empujándome en cada paso a acelerar mi ritmo y deslumbrarme con colores, nunca matizados. Florida y sus playas del este y el oeste de la península. Las Vegas deslumbrante y propuesta antropológica interesante, al menos para mi. Haber cumplido un sueño de conocer el cañón del Colorado y transitar la mítica ruta 66. Sorprenderme al pisar tierra inca en Machu Picchu y confirmar la magia y energía de ese enclave andino. Rios y playas de Brasil me inundan de tibieza en este momento. Matera, Italia, y el contacto con el origen de la humanidad en sociedad.

Tengo más imágenes en mi mente sobre mis viajes. Recorridos en kayak en el Rio de la Plata, o en el Embalse del Dique los Molinos con sus ríos afluentes.

Pero nunca me olvidaré de esos ojos. De esa curiosidad e inocencia de altura.

 

Íbamos con mi compañera de viaje y de la vida a conocer la cascada del río El Algarrobal en Cachi, provincia de Salta, siguiendo la recomendación de una conocida, experta viajera de la región. Sentados a la orilla del rio, cerquita del salto que producía la hermosa cascada, dejábamos transcurrir en nuestra mente el concierto del agua acariciando las piedras que al paso se ofrecían a bailar a cada gota que rozaba sus superficies.

De repente vemos que una imagen blanca casi fantasmal recorre el campo unos diez metros más arriba del rio, ahí a nuestra izquierda.

Era un niño vestido orgullosamente de guardapolvos níveo, que volvía de la escuela rural hacia su casa. Lo llamamos. Se acercó. No recuerdo su nombre. Tenía unos diez años. Su mirada profunda escondía alguna tristeza y mostraba inocencia. Le gustaba matemáticas, y todos los días de clase hacía una media hora o un poco más de caminata, para llegar a su casa y quizás comer algo. Qué blancura ostentaba su vestimenta escolar. Cuanto cielo contenían esos ojos.

Charlamos unos cinco minutos, sobre qué le gustaba más en el colegio, cómo se conformaba su familia, si le gustaba jugar al futbol.

Ese momento no fueron más de trescientos segundos. Mi reloj interno se detuvo. La brisa se detuvo. Ahora también. Ese recuerdo, quizás intrascendente para muchos vuelve hoy, diez años después a hacerse presente.

 

 

 

 

Ese momento, como algunos otros, me hicieron habitante de ese paraje salteño, fui alumno de esa escuela rural. Hoy ese niño tiene veinte años. ¿Qué será de su vida? ¿Habrá encontrado su propósito de vida? ¿Tendrá paz, aunque sea de a ratos? Hoy lo tengo nuevamente en mis retinas y en mi corazón. Está aquí conmigo acompañándome en esta cuarentena difícil sin montañas en mi ventana. Lo abrazo a la distancia, aquí nomás. Siento que es cierto que el tiempo sólo existe en presente.  Vuelvo a estar en Salta, a pesar de la cuarentena física.

Así, mezclándome con la gente, conociendo cómo transitan su experiencia de vida, encuentro sentido a viajar. Me enriquezco, aprendo, me expando. Encuentro que no hay una sola manera de vivir y considerar los desafíos que plantea este viaje de la vida. De esta manera, yo descubrí cómo expandir mi horizonte, descubrirme pasajero de la nave Tierra junto a millones de compañeros de viaje. Y todavía faltan muchos kilómetros por recorrer, mucha gente que saldrá al encuentro de mi mirada. Muchos ojos para zambullirme. Mucha vida. Mucho viaje.

Por favor compartir y comentar