¿Cuántas veces me habré escuchado diciendo que el tiempo no me alcanza?
¿Todos tenemos 24 horas en cada día, pero realmente cuántas horas vivo de esa jornada?
Vivo 16 horas en vigilia, no durmiendo. De esas 16 horas, que son 960 minutos: ¿cuántos de ellos estoy allí?, presente, ¿vivo?
Tenemos aproximadamente sesenta mil pensamientos por día, de los cuales el 90% son recurrentes y casi ninguno de ellos son útiles. Éstos nos roban la atención, nos quitan vida.
Mientras me ducho pienso qué tengo que hacer luego, cuando desayuno planeo mis próximos pasos, al momento de conversar con alguien imagino mis respuestas siguientes, y ya sé lo que me va a decir aquél. Si estoy de viaje (apelo a la nostalgia en esta imagen, ya que la restricción de pandemia nos limita movernos lejos) apoyo mis ojos en un paisaje, pero estoy eligiendo qué y dónde cenaré. Además comparo lo que veo con recuerdos de otro lugar y califico.
Es raro estar de manera integral donde están nuestros pies.
He estado en lugares que sólo puedo confirmar por las fotos, porque mi ser se hallaba en otro lado, quizás detrás del celular con el que fotografiaba, o en una conversa
ción conmigo mismo. Entonces: ¿estuve realmente allí? Definitivamente me perdí ese segmento de mi vida.
Nuestra mente nos tironea hacia el pasado donde reside la culpa, la frustración, o nos empuja hacia el futuro, generando ansiedad y miedos. Mi mente me agota, no me deja estar donde estoy, atándome, distrayéndome, eludiendo la novedad del instante actual.
¿Cuántas experiencias, información, vínculos perdemos en el camino por no estar en el instante presente? Me animo a decir que más de dos terceras partes de nuestro tiempo estamos fuera del ahora. Si nuestra edad se midiera en minutos de vida consciente estaríamos sin duda en nuestra edad del colegio primario.
En el presente el tiempo se ahonda y se ensancha, diría que se borran los límites, no se puede medir. El ahora es eterno. Si fuera un poco más metafísico podría afirmar que el tiempo es sólo presente, que el pasado y futuro son meras construcciones mentales. Si les genera ruido esta afirmación, los invito a observar detenidamente el comportamiento de una mente no contaminada aún por el ego y la personalidad, como por ejemplo un niño menor a ocho años absorto en su juego.
Como la mente está programada para nuestra supervivencia, ante situaciones de peligros reales o imaginadas, ella se pone en modo presente con toda nuestra atención, ordenando a todo nuestro cuerpo que concentre toda la energía en sobrepasar la emergencia. Es así que toda función que no sea huir o luchar, se suspenden: la digestión, el sistema reproductivo, sistema de crecimiento oregeneración.
No nos es natural estar en el presente, si no hay riesgo evidente. Necesitamos ejercitar el darnos cuenta de lo que nos sucede en el ahora.
Desde la neurociencia nos confirman que dividir nuestra atención en varias tareas a la vez nos hace ineficientes. El multitasking o multitarea tan aplaudido en estos tiempos de tecnocracia no aportan mejores resultados. Las distracciones que se suceden en el medio de cambios de tareas, suspendiendo aquella que venimos haciendo para arrancar con otra malgasta nuestros recursos de atención. Los estímulos de las pantallas y dentro de una misma las benditas notificaciones nos empujan a caminos secundarios y luego volver se transforma en una odisea.
Estar donde estamos aplica para la vida individual, familiar, social y profesional. Desarrollar la capacidad de observarnos, de ponerle el foco exclusivo a una conversación, a participar de una reunión de trabajo estando en esa reunión y no en otra. De eso estoy hablando, de la vida diaria.
No se trata de una propuesta de deber ser, de aquello que está bien y no hacerlo está mal. He podido comprobar que, al darme cuenta, al estar presente, mi vida aumenta su calidad. Aprovecho mejor el tiempo, profundizo una charla, aparecen detalles que en otro modo (el multitasking) me pierdo. Puedo conectar con la tarea que estoy desarrollando y completarla más eficazmente.
Y yendo a la ecuación de vida: cuánto tiempo realmente vivimos en mi caso me llama a reflexión, empezando por el quantum. Luego debería observar la intensidad, la calidad, la importancia y utilidad de lo que experimente en ese periodo de presencia plena. Pero ya el lograr darme cuenta de lo que sucede, de lo que me ocurre lo considero un objetivo de alta prioridad, diría que vital. Estar consciente enriquece mi vida, le agrega calidad.
Entregarme a la vida, a lo que suceda, no forzar las situaciones, evitar el control, y sobretodo escogerme a mí mismo, llevarme al escenario para ser protagonista de esta singular obra de teatro, mi existencia humana. Quizás este mecanismo de perderme en los laberintos que propone el pensar constante, sea evitar la responsabilidad de ser, de vivir, de asumir una aventura sin resultado conocido.
Hace unos días escuché de un escritor que leer le agrega tiempo a la vida. Si es ficción, vivo otras vidas, viajo a lugares que no he pisado nunca, transito épocas pasadas o futuras que no he transcurrido. Si es no ficción ingreso en un diálogo con el autor, a quien seguramente no conozco, vivo o muerto, me pongo a jugar y a considerar ideas que no eran mías hasta que esas páginas irrumpen en mi vida.
Se puede empezar en cualquier momento a intentarlo…por ejemplo, ahora mismo. El ahora es ahora. Siempre es ahora. No existe otro estado del tiempo.
En el momento de la evaluación conclusiva de mi viaje en esta vida, querría expresar con intensidad y hondura, tomando prestado las palabras de don Pablo Neruda que tituló un libro así: ” Confieso que he vivido”.
Buena y amplia vida.




