Cuántas veces somos o vemos gente agresiva, virulenta, despectiva, totalmente alejada de la conexión con el otro, victimizada?. Algunos de los disparadores puede ser una mala maniobra de un conductor, un compañero de trabajo cometiendo un error, una imagen en la televisión, otro igual a nosotros (espejo) o alguien con un mal día.
Si uno abstrajera la situación, no hablara el mismo idioma o no escuchara con claridad parecerían conductas propias de un animal acorralado defendiéndose de una amenaza inminente.
Y ésto me disparó el pensamiento que quizás ellos estén muertos de miedo, justamente, que reaccionan por instinto, pero a qué? A qué miedo corresponde esa reacción?
Haciendo contraste busqué el polo opuesto, alguien amable, que ante una de las situaciones disparadoras mencionadas no las vea o sienta empatía y misericordia hacia el otro, le ceda el paso, lo ayude con la tarea, lo contenga o apague la televisión.
La variable que marca la diferencia que detecto a primera vista es la presencia o ausencia de empatía, de conexión con el otro desde el amor.
De alguna manera sentimos vulnerabilidad o incomodidad en el amor, desde que es cursi, temor a que alguien se nos ría, nos ridiculice ante otros, no nos corresponda, o hasta perdamos esa persona..
Siento que está más cerca el foco del miedo disparador, que cada una de esas experiencias o ideas a medida que pasamos de experimentarlas o idealizarlas a sufrirlas crece una amenaza, si hay amabilidad te van a cagar, si amo y no me ama… que vergüenza!, si amamos y me deja de amar qué hago?, si amo y lo pierdo qué dolor!, mejor no amo, me reprimo, me anestesio y ya.. me ahorro el sufrimiento.
Y en esa vida autómata el cepo autoimpuesto empieza a generar incomodidades, y con el tiempo se transforman en angustias punzantes que ponen en evidencia la violencia que ejercemos para con nosotros mismos y lo vital del sentimiento amoroso.
Cómo no perder la paciencia, no tolerar al otro o tomar actitudes agresivas si vivimos una tiranía interna, pero por suerte parece que de vez en cuando el universo se encarga de hacernos acordar de cuánto importa el amor en vivir. Perdemos a alguien e indefectiblemente la falta de ese abrazo, de esa charla, no tienen consuelo, cómo no lo hice antes?? O quizás llega una nueva vida a la nuestra familia y cuánto vale esa mirada, ese abrazo, ese beso, que diga tu nombre por primera vez??
Rápido, los milagros de la vida se vuelven algo más del día a día, que está ahí disponible full-time y perdemos la capacidad de agradecimiento de todas esas experiencias, las personas, la salud, la naturaleza, todo nuestro entorno.
Así como el ciego que no quiere ver decide en su necedad no ver con sus ojos, pero antes dejó de ver con su alma, no parece buena idea que pensemos el amor, queda sentirlo, perdonarse, reflotar el amor propio para volver a amigarse con el entorno. No se trata de salir a abrazar a todo el mundo, si no ser amable y bien intencionado para con el otro, de expresar los sentimientos, quitarse el personaje, volverse traslúcido, en fin, mostrarse, ser más humano.




