La emoción mas primitiva en el ser humano es el miedo. El sistema límbico que forma parte de nuestro cerebro las origina. Ha sido el circuito mas antiguo de nuestro organismo, aún antes que el sistema racional. La mente emite las señales para mantenerme en alerta de peligros, reales o pensados. En realidad, todos los peligros son pensados, ninguno es real, ya que cuando ocurre algo que me hace daño ya no es peligro, ha sucedido algo que me perjudicó. Todo reside en mis pensamientos. ¿Míos? ¿De quiénes? ¿Quién piensa mis pensamientos? ¿Vivo protegiéndome de las imágenes creadas por mis pensamientos? ¿Temo a situaciones imaginadas por nuestra mente?

 

Vuelvo a preguntarme: ¿a qué tengo miedo?

 

Decimos que el miedo no es sonso. Que nos es útil. Coincido que algunas veces, casi algunas, muy pocas…Es un arma de doble filo, que nos puede empujar a la inacción y al desequilibrio emocional.

 

La reciente aparición de un nuevo virus virulento, altamente contagioso, contabilizado diariamente como la cuenta regresiva de un condenado a muerte, nos encierra en un nuevo laberinto imaginado.

 

El miedo a morir reaparece con toda su oscuridad, tanto para nosotros como para nuestros seres queridos. Propongo que observemos qué nos sucede ante la imagen del peligro del virus. Autoindaguemos focalizando en qué nos sucede.  Alejémonos de nosotros mismos, como encaramados en un dron viendo nuestras emociones, nuestras reacciones. ¿Nos paralizamos? ¿Nos introducimos en un sendero intrincado mental que evalúa posibles consecuencias si nos lo contagiamos? ¿Tomamos acción y nos protegemos con las básicas y elementales medidas recomendadas por expertos, tales como lavarnos las manos, evitar tocarnos la cara, rehuir de lugares cerrados? Pensando en los otros, si tenemos síntomas compatibles: ¿cuidamos de nuestras toses y estornudos? ¿Nos genera angustia porque no sabemos qué hacer?

Cuando nuestro sentimiento es angustiante, tememos lo peor, estamos en alerta, pensamos en el futuro de manera apocalíptica. Cuando los síntomas están reducidos a la esfera psíquica, lo llamamos ansiedad. La ansiedad es querer anticipar el futuro, y cuando afecta al cuerpo, lo denominamos angustia.

Existe una herramienta ancestral, originaria de los monjes sufíes de Afganistán y reinterpretada y traída al mundo occidental por un increíble personaje llamado George Gurdjieff, armenio de nacimiento. Luego Oscar Ischiazo y Claudio Naranjo profundizaron en ello y lo propagaron por América toda. Borja Vilaseca de España ha hecho mucho en su difusión actual (ver videos de Youtube). A través de este esquema de identificación de nueve tipos de personalidad, llamado Eneagrama, se precisan nueve miedos esenciales que el niño enfrenta en su proceso de construcción de su personalidad. La persona entonces es esa armadura que creé para salir al mundo y enfrentar mi miedo esencial (uno de los nueve aparece como más subrayado que los otros ocho, aunque no es el único).

Los miedos son:

  • Al conflicto.
  • A caer en el error.
  • Al no reconocimiento.
  • Al fracaso.
  • Al ser confundido.
  • Al vacío.
  • Al miedo.
  • Al sufrimiento.
  • A la debilidad.

Los nueve tipos de personalidad se agrupan en tres triadas, según sesgos tales como:

  • Entrañas. Pura energía: actúo, luego pienso, luego siento.
  • Corazón. Puro sentimiento: siento, luego pienso, luego actúo.
  • Pienso, luego siento, luego actúo.

Como toda clasificación no originada en un ser concreto es una aproximación, ya que los grises existen. Pero marcan tendencias claras. Esta herramienta ayuda muchísimo a mi autoconocimiento, tanto a saber como estoy siendo, como también a reconocer mi esencia más pura y además a aquel perfil al que me acerco cuando me descentro, cuando pierdo el eje. El Eneagrama es una fascinante batería de recursos para conocerme más y mejor, de manera práctica.

Como ya hemos comentado en anteriores artículos, la etimología de la palabra persona lo dice todo: máscara. No soy la personalidad que me armé para enfrentar mis miedos esenciales, es apenas un herramental de defensa, un uniforme de trabajo.

 Si reconozco que esos miedos no son reales, que se originan en mi mente que abreva en mis creencias que tampoco son totalmente mías y generan imágenes que no suceden en la realidad, podría liberarme. Actuar para sortear el eventual peligro, y no quedarme atornillado a mi situación previa es la propuesta.

¿Cuál es tu coronavirus? ¿Reconoces tu principal miedo?

El miedo a lo desconocido puede ser un temor frecuente. También se puede ver el futuro incierto como una oportunidad que despierta en muchos la acción de enfrentar una costa a descubrir.  La ignorancia me abre a la sabiduría. En la medida que me enfrento con algo que no conozco, que reconozco no saber, puedo ampliar mi frontera de conocimiento si decido explorar ese terreno desconocido. Me abro a lo nuevo. Me asomo, me asombra una nueva curva del camino, y profundizo, investigo. Me lanzo a un nuevo viaje a tierras no caminadas antes por mis pies. En otras palabras: vivo. Experimento, aprendo, me enriquezco, siempre en estado de consciencia, alerta. Las experiencias nuevas me dicen mucho acerca de mí, ya que sigo siendo un misterio interminable de desentrañar. Sin embargo, el proceso de hacer consciente aquello que aprendo de mí, me acerca a poder manejar mejor mi ser, mi esencia.

En definitiva, conocerme mejor facilita la gestión de mis emociones mas primarias, como el miedo, la felicidad, la ira. Tomar las riendas de mi inconsciente me hará transitar mi camino con mucha más paz, o sea menos sufrimiento. Que este nuevo virus nos ayude a reconocernos más cerca del otro, vernos igualmente vulnerables, y no a aislarnos. Somos tripulantes de la misma nave Tierra y viajamos en la misma clase: primera. ¡Salud!

 

 

 

 

Por favor compartir y comentar