Está claro que yo no quiero sufrir. Ni ahora ni nunca. Bastante desafiante es la vida como para que yo le ponga esfuerzos para lograr sufrimiento.
Pero ahora que lo pienso y veo, creo que las veces en que he reconocido estar sufriendo, no me lo planteaba como una opción, sino como una consecuencia inseparable de una circunstancia dolorosa que yo no causaba. Ante la pérdida de mi madre, por ejemplo, sentía que era obvio mi sufrir. Un proceso inconsciente dentro mío alimentaba ese dolor y lo transformaba en pensamiento de sufrimiento. Cuando me pude separar un instante, para observar qué sucedía dentro mío, pude reconocer algunas cosas:
a. El origen de mi sufrimiento era un diálogo interno entre pensamientos.
b. Esos pensamientos no aceptaban que mi madre había muerto.
c. Comparaba ese presente de ausencia con su presencia, incrementando mi padecer. Me quedaba enganchado a tenerla al lado, a pesar que no era posible.
d. Me peleaba con la realidad, me resistía a su partida. No aceptaba lo que había sucedido, no terminaba de comprender.
e. Encontré emociones como tristeza, abandono, sensación de injusticia. Me ayudaron a entender qué me pasaba.
f. A ese dolor inevitable, le agregaba otros problemas que había tenido recientemente, la anterior muerte de mi padre, y me puse el traje de víctima…” todo me pasa a mí”. Me compré la excusa para no tomar las riendas de mi vida y responder acerca de las decisiones que tenía que tomar respecto a las circunstancias.
Quiero aclarar que este análisis llevó algún tiempo. El dolor inevitable de la muerte de alguien tan querido es profundo y necesita transcurrir, destilar algunas lágrimas. Y el sufrimiento posterior se une inevitablemente. Pero un día, cuando ese sufrir se volvió irrespirable, empecé a tomar cierta distancia sobre lo que pensaba y sentía. Me di cuenta que yo no era el sufrimiento, sino que era un mecanismo inconsciente que era producido por esa negación ante la situación de pérdida.
Cuando comprendí lo sucedido, lo irreversible, pasé a agradecer los días que tuve con mi mamá, pude empezar a recordar anécdotas graciosas, y ese sufrimiento se disolvió.
En una circunstancia, perder un trabajo también significó un crujir de mi estado emocional. Me resistía a la idea de lo que había sucedido, me enojaba mucho recordar quién había tomado la decisión, los motivos, y me adelanté a sentir las consecuencias de no tener ingresos. Sentía ese estado potencial de carencia en ese momento. Todo era imaginación, pero mi cuerpo experimentaba realidad y que todo estaba pasando delante de mis ojos. Un ida y vuelta mental que me provocaba sufrimiento, que decidí acallar, cuando pude tomar perspectiva de mi proceso interno, y así poder tomar decisiones ante lo inevitable. Buscar trabajo, reinventarme, actuar, responder.

Entiendo la felicidad como la ausencia de sufrimiento. Es un estado interior que es estable, permanente. Me he encontrado mucho tiempo persiguiendo el bienestar, o sea no tener dolor o experimentar placer. Aquí dependo de un estímulo externo, no tengo recursos propios, por lo que es inestable, aparece y desaparece.
Compararme con la situación que yo percibo de otros puede generarme sufrimiento. Las imágenes de placer, viajes que se publican en redes sociales o posesiones, y que yo en ese momento no estoy experimentando, pueden despertar en mí incomodidad y frustración. Descubro carencias que son imaginarias, por supuesto, pero pueden dejar sus residuos en mi estado emocional y hacerme sufrir. Tampoco me sirve descalificar a otro cuando lo comparo conmigo mismo y creo que está peor que yo, y además sufro por su supuesto camino errado.
Si me doy cuenta que sólo depende de mí, al estar presente y observarme, no prolongar el dolor de manera mental, estaré más cerca de lograr instantes felices.
No me adscribo a la letanía de una repetida oración católica sobre que la vida es un valle de lágrimas. No más.
Me pregunto si el sufrimiento tiene alguna utilidad. Si ya que está rondando mi vida, me puede servir para algo. Y descubrí que sí. Que me muestra aquello que no acepto, esas cosas en las que me resisto. Como el dolor del dedo sobre la llama. Me informa que debo sacarlo de allí, o las consecuencias serán más graves. Sufrir me dice que observe ese parloteo doméstico en mi cabeza y que no le crea. Que observe, que comprenda, que evolucione hasta el próximo escalón, sin quedarme resbalando en el mismo paso. Las emociones que emanan me dan mucha información sobre mí: no es lo mismo sentirme abandonado, no reconocido que tristeza o angustia por un futuro desconocido. Permitirme sentir una emoción incómoda en lugar de evadirla me ayuda a crecer y elaborarla más rápido.
Yo no quiero sufrir. No vine a esta vida para sufrir. Renuncio a ser protagonista doliente de un tango. La felicidad es mi decisión. Y la tengo tomada. Te propongo sumarte.




