Me propuse seguir aprendiendo a preguntar. O mejor dicho, a desaprender y reaprender a preguntar. Como cuando era chico, cuando el por qué eran mis palabras más enunciadas. A preguntar se nace, luego nos enseñan a no molestar, también en el colegio. Las preguntas nacen del asombro primero y la curiosidad consiguiente, para saber cómo funciona eso o qué es eso que atrajo mi atención en forma de asombro.
Estoy lleno de respuestas, pero muchas de ellas no me dan respuesta, no producen los efectos deseados. Tengo muchas certezas que no se verifican en lo conveniente para mi vida. Entonces la certidumbre es solo imaginaria, intelectual. Quizás sean creencias que todavía no puse a la luz, fuera de la sombra, afectada al asombro, a mi mirada crítica.
¿Cuándo dejar de preguntar y operar con las respuestas existentes? Es un fino limite imaginario que cada uno dibuja en su deseo de saber, y su necesidad de seguir actuando. Como que la vida va ahondando en conocimiento por segmentos: en este momento opero con este paréntesis de certezas y cuando arrecie el movimiento de placas tectónicas de alguna crisis, vuelvo a preguntarme con qué respuestas sigo y con cuales busco reemplazo. A través de nuevas preguntas. Si lo miro así, no me aferro a mis certezas actuales, sabiendo que les llegarán a algunas su fecha de caducidad, pero sin identificar cuáles son. No sentirme preso de mis opiniones sería un buen norte. Así, siento libertad en mi ánimo, nada es definitivo ni escrito en piedra, Moisés.
Podría preguntarme cuáles son aquellas preguntas claves. Una de ellas podría ser quién soy yo y qué soy yo. Enormes preguntas que exigen su formulación permanente, ya que observo en mi vida que las respuestas son dinámicas, van cambiando con mi evolución personal y mis experiencias.
Escuché por un podcast (APRENDER DE GRANDES -Con Diana Sperling) en hebreo la frase bíblica expresada allí por Dios “Soy el que soy” está incorrectamente traducida. Su versión al español debe ser: “Seré lo que seré”. Esto me da una cualidad dinámica a la identidad, que la entrevistada en esa charla renombra como identificación. Es decir, que estamos siendo. Que a lo largo del tiempo nos vamos construyendo, de manera continua, sin separación entre presente y futuro, más allá de la conjugación del verbo ser contenida en la frase retraducida.
Siguiendo con el ser dinámico si estoy siendo y pongo mi atención en conocerme mejor, debo saber que sigo cambiando, evolucionando. Que ese yo que atrapé en mi mente por un instante, ya no es más…cambió. ¿Y entonces? Parece que el juego no da descanso, no hay entretiempo.
Preguntarme quién y qué soy me permite tomar cierta distancia, perspectiva y así poder deconstruirme, desarrollándome, creciendo. Si lo que vivo y mi ser son una misma masa mezclada, no tengo forma de mejorar el producto de mi vida, expresado en decisiones, estados de animo, relaciones, acciones.
El método de la ciencia es preguntarse constantemente. Busca respuestas para encontrar nuevas preguntas y así correr las fronteras del conocimiento, para que cada vez sepamos más. Por eso es una contradicción un científico arrogante, porque se cerró a otras ideas, otros enfoques, dejó de buscar. También en la vida la arrogancia se disfraza de seguridad en sí mismo: “estar seguro de lo que pienso”. F. Nietzche dijo alguna vez o lo escribió, que toda convicción es una cárcel. Como nuestro sistema de creencias, nuestro hardware mental en el que nos movemos: nuestra pequeña caja de pensamientos.
El concepto japonés IKIGAI nos ayuda a encontrar en nosotros el propósito de nuestra vida en un momento determinado. Lo hace planteando preguntas, cuyas respuestas están en nosotros:
- ¿Qué me gusta?
- ¿En qué soy bueno?
- ¿Por qué podrían pagarme o compensarme?
- ¿Qué es lo que el mundo necesita?
Contestar estas preguntas y focalizarme en sus respuestas coincidentes, me hará vivir en mi IKIGAI, y así encuentro mi fluir en el tiempo, en mi vida.

Preguntarse lo adecuado es fluir.
¡¡Cuidado!! Tenemos una parte de nosotros que evita las preguntas. El cerebro tiene programado ahorrar energía, de allí que tiene un arsenal de certezas guardado. Casi como que no necesita buscar nuevas respuestas, ya las tiene y las conoce. La muy citada zona de confort, mejor llamada baldosa conocida, es el reino de la mente. Tenemos que apelar al asombro para saltar por las murallas de ese living-room cómodo.

Detrás de una pregunta se esconden la curiosidad y la atención. Con ellas las fronteras de nuestra existencia se corren un poco, se expanden.
¿Por qué no preguntarse? ¿Qué es aquello que todavía no te animaste a cuestionarte? ¿Por qué? ¿Qué te parece? ¿Te animás a buscar una nueva respuesta?




Graciela
Las respuestas no las tengo, puedo dejar una pregunta? ☺
Lucio Vega Iracelay
Hola, Grace! Disculpa la demora en la respuesta.
Pregunte nomás…que en el ejercicio de la duda está el truco de la vida!!!!