Si observamos con perspectiva los temas que conversamos, los que escuchamos y leemos en las redes sociales parecen que nos involucran y reclaman nuestra opinión.

Nos apasionamos con nuestra postura, totalmente nuestra. Nos convertimos en nuestra forma de pensar.

Construimos nuestros pensamientos dentro de nuestro sistema de creencias, o surcos inconscientes de nuestra mente. El acervo cultural, familiar, religioso, y tribal nos condiciona y nos da tranquilidad, nos aporta previsibilidad, certidumbre.

Hoy más que nunca en la historia de la humanidad el ser humano está vulnerable a una manipulación profunda en su forma de pensar, en su mente. Nuestra forma de tomar decisiones siempre fue dentro de una comunidad: familia, amigos, pueblo, nación, iglesias. Ahora agregamos y reemplazamos alguno de estos colectivos con las redes sociales, conformando nuevas comunidades y sus algoritmos escondidos. Nuestra mente decide según la coherencia que percibe, no por la verdad que persiga. Nos contamos historias, llamadas creencias, para enfrentar nuestros miedos subconscientes. Nos cuesta saber quiénes somos, pensarnos. Los relatos sociales han sido utilizados para agrupar voluntades y potenciar nuestra forma de crear, que es cooperativa. Esta forma de actuar nos diferencia de cualquier otra especie animal. A veces los relatos han sido creados con buenas intenciones, y otras con el objetivo de controlar grupos sociales. Entender quienes somos y en qué trama social estamos insertos nos aporta el escudo eficaz para minimizar el hackeo de nuestras mentes.

En nuestra historia personal, es sano que transitemos un proceso en que, por ejemplo, dejamos de ver a nuestros padres como la suma de la verdad. Así aprendemos a verlos de carne y hueso, como nosotros.

Es menos frecuente que nos pongamos nosotros mismos debajo de esa lupa escrutadora, para ver cuáles son mis verdades, de dónde vienen y cuán sólidas son.

El eficiente piloto automático nos lleva por la ruta de la vida como debe ser. Ese debe ser no es genérico, pero uniforme según mi grupo de pertenencia o afinidad, o de selección por orden de llegada. Mi zona conocida, llamada de confort, me atrapa y adormece: me tranquiliza, al menos por un tiempo.

Preguntarme si lo que creo tiene sentido para mí es aterrador en muchos casos, nos enfrenta al abismo de un nuevo universo de creencias. Caminar por calles desconocidas, visitar países cuyo idioma no conozco se asemeja mucho a preguntarse si mi religión, mis ideas políticas, mis ideas sobre qué comer o sobre mis derechos tienen resonancia y son parte de mi esencia.

Decidir si tengo que participar en tal o cual red social no suele exigir mucho debate interno: hay que estar para ser parte del sistema. ¿Pero cuál es el sistema? ¿Cuál es mi rol y posición en esa organización social dada?

Percibo que el principal riesgo de la sociedad mundial toda es que el hackeo de sus mentes sea una práctica extendida y progresiva. Utilizo el verbo hackear para darle el sentido de que alguien fuera toma el control de lo que proceso en mi mente, que me dice qué hacer, qué ver, qué opinar, qué ideas defender, qué pensar. En definitiva, alguien me organiza mi vida y me ubica en un puzzle con una solución intencionada.

Entregados en esta sociedad del cansancio que identifica Byun Chul Han, no dejamos capacidad crítica para desarrollar nuestro firewall o cortafuegos. (El firewall es un software que las computadoras tienen para protegernos de los ataques externos como un hacker).

Esfuerzo, dar el máximo, resistir, ser productivo,  son tácticas que terminan aboliendo una habilidad natural de nosotros, homo sapiens sapiens: el espíritu crítico. Somos “sapiens sapiens” porque somos la única especie sobre este planeta (¿esférico?) que puede ejercer su conciencia sobre sí mismo. Me puedo pensar a mí mismo.

Si nos damos cuenta de lo que pasa en nuestra vida tendremos libertad. Si somos conscientes de nuestros actos y de las circunstancias que nos envuelven, tenemos la oportunidad de hacer crecer nuestra vida. Si estamos presentes en muchos de los instantes que componen nuestra existencia expandimos nuestro campo de influencia y atención.

No tiene color una vida en la que su protagonista abandona el escenario, decide abandonarse a las corrientes que lo empujan, que no se pregunta por qué opina lo que sale de su boca y cerebro, que le reza a lo que le reza, que defiende aquello que lo define.

Cada ser en esta tierra es diferente. No existe la igualdad en mi visión, sino la unidad. Somos lo mismo con diferentes voces, colores, formas, niveles de consciencia. Y poder integrarse a esa unidad, implica estar consciente, darse cuenta. No es romántico ni esotérico: basta con recorrer las imágenes de la Tierra desde el espacio para verificar que somos un mismo organismo. Y el planeta nuestro con el Universo. Todo está unido, y cada componente impacta en otros. Ser responsable de nuestra vida no tiene un objetivo individual, sino colectivo, por amor o por necesidad.

No querer preguntarse por miedo a la respuesta es una decisión de vida. Es respetable. Cada uno, por ser diferente, tiene distintos niveles de tolerancia al desierto de lo desconocido.

La única herramienta que el ser humano posee para lograr su libertad real es ser consciente de su vida, darse cuenta. Reconocer las emociones, encontrar el propósito de vida, diseñar la experiencia de vivir, son maneras de caer en la cuenta de lo que nos pasa. Observarnos, meditar, aprender a escuchar son caminos a transitar si queremos ser protagonistas, responsables de nuestro paso terrenal.

Tu momento de comenzar a darte cuenta es ahora. En este instante.

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